El síndrome del filósofo de Linkedin

Que corra la voz.

Ilustración editorial sobre el síndrome del filósofo de LinkedIn y la necesidad de opinar constantemente en internet.

Sócrates decía que solo sabía que no sabía nada.

Muchos no saben nada y además lo publican.

¿Qué es el El síndrome del filósofo de Linkedin?

Todos conocemos al pesado del bar. Ese que con dos copas de más arregla la economía del país, redefine el sistema educativo y desmonta el origen del universo antes de que el camarero traiga la cuenta. Lo divertido es que el pesado nunca se reconoce a sí mismo; el impertinente siempre es el de la mesa de al lado.

En internet ocurre exactamente lo mismo, pero con la sobriedad de las horas de oficina.

Cuando las empresas confunden visibilidad con relevancia

Las marcas han desarrollado la misma incontinencia verbal. Vivimos en la era del ruido intenso, donde guardar silencio se asocia con la debilidad y vomitar palabras se confunde con la autoridad. Nunca ha sido tan ridículamente fácil parecer un experto, y nunca ha sido tan complejo dar con uno de verdad.

Muchas empresas han confundido la visibilidad con la relevancia. Creen que por subir tres carruseles semanales con tipografías pastel están aportando algo al mercado. Lamentamos decir que no; solo están multiplicando la paja del establo.

Durante siglos, las mentes despiertas entendieron algo muy básico: lo importante no es saberlo todo, sino tener el teléfono del que sí sabe. Un empresario de verdad no necesita ser el mejor programador, el mejor fotógrafo o el mejor diseñador web. Necesita el criterio suficiente para saber a quién llamar cuando las cosas se complican.

Lo importante no es
saberlo todo.
Lo importante es tener el
teléfono del que sí sabe.

El algoritmo premia la velocidad, no la reflexión

Recompensa la reacción rápida, no la reflexión. El resultado es un ecosistema saturado donde el tonto se sienta delante para ser observado y el inteligente se retira detrás para observar. Uno aprende; el otro interpreta un personaje mientras espera su dosis diaria de validación externa.

Pensar se ha convertido en un lujo absoluto. Y como a vuestra marca le da pereza detenerse a pensar, prefiere seguir tendencias con los ojos cerrados. Una agencia publica una obviedad sobre «liderazgo disruptivo», cien pymes la repiten, mil la convierten en mantra y diez mil acaban pareciéndose tanto entre sí que sus webs parecen clones salidos de la misma plantilla gris.

Persigues tantas modas que has olvidado qué problema real resolvías y por qué alguien debería elegirte a ti antes que al resto.

Decía Abraham Lincoln que es mejor permanecer callado y parecer tonto que abrir la boca y despejar cualquier duda. La mayoría de las empresas harían bien en grabarse la frase antes de diseñar su próximo post.

Porque en un mundo donde todo el mundo necesita opinar, el silencio no es ausencia. Es criterio. Y ahí es donde se empieza a notar la diferencia entre los que juegan a tener un negocio y los que, simplemente, lideran el mercado.

El verdadero problema de seguir tendencias

La empresas persiguen tantas modas que han olvidado qué problema real resolvían y por qué alguien debería elegirlas a ellas antes que al resto. Han dedicado tanto tiempo a parecer una empresa interesante que han olvidado convertirte en una.

Decía Abraham Lincoln que es mejor permanecer callado y parecer tonto que abrir la boca y despejar cualquier duda. Muchas empresas harían bien en grabarse la frase antes de diseñar su próximo carrusel, contratar a su próximo gurú o publicar su próxima reflexión sobre liderazgo transformador.

El inteligente se sienta detrás
para observar.
El tonto delante
para ser observado.

La ventaja competitiva más infravalorada

Porque en un mundo donde cualquiera puede publicar una opinión, la verdadera ventaja competitiva sigue siendo tener una.

El mercado nunca ha premiado al que más habla. Nunca ha premiado al que más publica. Nunca ha premiado al que más ruido hace.

Siempre ha premiado al que tenía algo que decir. primero hay que hacer algo que se está convirtiendo en un bien escaso: pensar.


Que corra la voz.
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